¿El fin de los especialistas?
La libertad posicional que está cambiando la manera de comprender el juego.
“Mi sueño es tener a 20 jugadores que puedan jugar de todo. Me encantaría tener a 20 futbolistas que jueguen por todo el campo: Nuno Mendes de lateral, de interior, de delantero, de nueve… Salvo el portero. Imaginate al entrenador rival que ve la alineación y se pregunta cómo un jugador puede ocupar todas las zonas del terreno de juego. Será difícil. Intentaré conseguirlo en ese sentido.”
Semanas atrás, previo al cruce de Champions ante Liverpool, Luis Enrique sintetizaba en pocas palabras su ideal futbolístico. Después enfrentó al Bayern de Munich en unas semifinales de Copa de Europa que dejaron casi una decena de goles y un partido que vale la pena analizar en detalle. No es casualidad que ambos equipos compartan un estilo tan definido y, con matices propios, tan parecido entre sí. Ese partido fue el disparador para intentar desglosar a qué se refería Luis Enrique con aquella declaración.
En lo estadístico, los 90 minutos no mostraron un dominio aplastante de un equipo sobre el otro. Sin embargo, el PSG revalidó su fluidez posicional y terminó doblegando la marca hombre a hombre que intentó sostener el Bayern durante gran parte del encuentro. Antes de entrar en esos detalles, conviene entender de dónde viene todo esto.
El fútbol está en constante movimiento y hoy disponemos de más información que en cualquier otro momento de la historia del deporte. Lo que estamos viendo en París y Múnich es una evolución del juego de posición, no algo opuesto a él. Un estilo que tuvo una hegemonía de más de una década hasta que empezó a mostrar sus límites, principalmente porque cuando todos juegan parecido, el juego se vuelve predecible. Como siempre ocurrió, se terminó copiando la receta del ganador de turno. Y el ganador de turno fue Pep Guardiola, quien retomó y sistematizó una filosofía de juego que ya había dejado huella con Cruyff en Barcelona y antes con Michels en la Holanda del 74. El fútbol del futuro siempre estuvo en el pasado. El éxito fue tal que al día de hoy Guardiola es acusado por algunos de haberle hecho mal al fútbol, una frase que en su contexto tiene una explicación: no fue Guardiola quien empobreció el juego, sino quienes copiaron la forma sin entender el fondo.
Ese efecto tuvo consecuencias concretas. Durante años fue frecuente sentarse a ver un partido y encontrar movimientos automatizados que ante un bloque medio-bajo terminaban siendo inofensivos. La posesión sin profundidad, el extremo pegado a la banda sin intervenir en el juego durante largos tramos, la sensación de que el número 10 estaba en vías de extinción. Barcelona y la selección española exportaron su metodología por todo el mundo al punto de replicar sus ejercicios en cualquier nivel, desde el futbol infanto juvenil hasta el fútbol profesional. Esa confusión fue la que alimentó aquella sentencia sobre Guardiola.
Lo que se menciona poco en ese debate es que dos de los entrenadores que hoy llevan más lejos la idea de libertad posicional, Vincent Kompany y Luis Enrique, también fueron influenciados directamente por Guardiola. Y no son los únicos: Fabregas en el Como es otro ejemplo de alguien que absorbió esa manera de entender el juego y la está llevando a su propio terreno con resultados muy interesantes, algo en lo que nos vamos a detener más adelante. El legado de Pep tiene más ramas de las que suelen contarse.
Es complejo trazar una línea histórica precisa, pero este fútbol sin posiciones fijas y con tanta versatilidad no lo inventaron ni Luis Enrique ni Kompany. Sí son los mejores dos exponentes de esta corriente en la actualidad, y eso lleva a una pregunta inevitable: en un deporte donde los errores son parte del juego y el control absoluto no existe, ¿hasta dónde puede llegar un equipo que funciona como un organismo vivo? Algunos argumentan que este estilo conlleva un riesgo defensivo mayor, pero los resultados no lo sostienen. De hecho, Kompany tras el partido dijo algo que resume bien la mentalidad detrás de todo esto:
“Los márgenes son mínimos. Solo tenés dos opciones: ir completamente hacia adelante o replegarse del todo. El término medio no funciona a este nivel de jugadores.”
Caos con lógica
La palabra que mejor sintetiza este estilo es caos. Pero un caos que tiene sentido, que vive dentro de una estructura. No es libre albedrío: todos juegan de todo pero bajo una lógica compartida. Un zaguero central no termina jugando de centrodelantero durante media hora. Lo que sí hace es aparecer en zonas que no son las suyas cuando el juego lo pide, y eso ya es suficiente para desestabilizar al rival.
Como declaró Spalletti en su momento, el fútbol iba camino a jugarse sin sistemas. En ciertos lugares eso ya ocurre. Acá no importa si el equipo sale con tres o cuatro en el fondo: cada jugador interpreta los espacios que van apareciendo en el campo. Y para que eso funcione de manera armoniosa necesita una estructura de base. La de estos dos equipos, a grandes rasgos, puede sintetizarse así:
A simple vista las formas de atacar un bloque bajo pueden parecer similares entre ambos equipos, pero hay diferencias claras. El PSG mostró una distribución de espacios más ordenada. El Bayern operó de manera más asimétrica, y eso también es parte de su identidad.
Gente afuera, gente adentro
Cuando hablamos de gente afuera y gente adentro nos referimos a jugadores ocupando determinados carriles de manera simultánea: amplitud en las bandas y presencia constante en zonas centrales. Esto tiene raíz en el juego de posición, pero la diferencia está en la versatilidad: los jugadores intercambian posiciones de forma permanente y no permanecen fijos esperando que llegue la pelota.
Para entenderlo, pensemos en cómo funciona un extremo en un esquema posicional más ortodoxo: habitualmente espera sobre la banda con la tarea de fijar a un defensor y ampliar el espacio para sus compañeros. Si la posesión no logra ser progresiva, esa tarea se vuelve monótona y predecible. En estos equipos, en cambio, los extremos tienen libertad total para intervenir en la elaboración. Esos intercambios constantes de posición, a los que podemos llamar permutas, le quitan referencias al rival y lo complican independientemente de cómo elija defender.
Ayer mismo se vio con claridad. El PSG doblegó el marcaje hombre a hombre que intentó sostener el Bayern durante gran parte del encuentro.
Sin embargo, esas persecuciones no dieron abasto. Doué, que en el papel arranca como extremo, apareció flotando a espaldas de Kimmich y Pavlovic durante gran parte del partido, mientras la rotación permanente de Vitinha, Emery y Neves desplazaba constantemente a los mediocampistas bávaros. Esa libertad le permitió a Doué asociarse en el sector opuesto, combinando con Kvaratskhelia y Nuno Mendes en un tridente que terminó explotando la banda de Stanisic. Pocos equipos se animan a presionar de esta manera al PSG porque el desgaste es enorme: son tantos los movimientos que una mala coordinación defensiva en campo rival puede dejar a uno o varios jugadores completamente libres.
El PSG, cuando tuvo que defender, aplicó ese mismo marcaje y lo ejecutó con más efectividad, principalmente gracias al rol de Neves realizando los relevos correspondientes cada vez que sus centrales salían al duelo con Luis Díaz, Kane u Olise.
El Bayern también tuvo sus momentos. Cada pérdida del PSG en ataque cediendo espacio a Olise o Luis Díaz era una ocasión clara para los bávaros. Cuando no lograban progresar con pases cortos, atraían la presión parisina para salir largo y aprovechar a Kane en segundas pelotas. Y cuando conseguían asentarse en campo rival, desplegaron su propio juego: en estos videos se ve cómo al hilvanar varios pases sostenían un posicionamiento similar al del PSG pero menos rígido, buscando hacer bascular al bloque bajo para atacar por el lado opuesto con Olise, o llegando al área con sus laterales en posición de finalizadores.
PSG: los principios en detalle
Para ir más a fondo, observemos el gol frente al Newcastle en fase de grupos de esta misma Champions. Los movimientos de sus jugadores son poco anunciados: Vitinha se lateraliza para funcionar como apoyo, Hakimi aparece como mediocampista, y todo ese desplazamiento responde a sostener la estructura de base, que según el momento puede ser 6 afuera 4 adentro o 5 afuera 5 adentro.
Cuando no encuentran la vuelta al bloque bajo del rival, no renuncian a la posesión. Atraen la presión, cambian de ritmo y buscan a sus delanteros de la última línea mediante pases filtrados. De repente aparecen sus laterales atacando espacios o sus extremos bajando a jugar por dentro, generando situaciones de gol desde lugares distintos en cada jugada.
Otra razón por la que es difícil presionarlos es que los tres jugadores que arrancan en las posiciones de mediocampistas rotan de manera permanente. No están estáticos esperando la pelota. Se apoyan sobre la salida de Pacho, Marquinhos y el lateral que queda bajo en cada momento. Pero hablar de mediocentro o interior acá queda obsoleto porque no se trata de posiciones sino de roles. Vitinha es el eje del equipo e influye en el juego incluso cuando no toca la pelota: sus movimientos de entrar y salir generan espacios para los demás de manera constante.
Cuando logran asentarse en el tercio final, las permutas habilitan una libertad total para los extremos. Lo que se vio con Doué y Kvaratskhelia ante el Bayern es algo que aparece con frecuencia en todos sus partidos. Es habitual que un extremo reciba sobre la banda, descargue un pase y en lugar de quedarse parado siga involucrado en la jugada buscando una pared o un desmarque. El rival pierde la referencia y los intervalos defensivos se van abriendo progresivamente.
Tener la pelota en el PSG funciona como un rondo gigante donde cada intérprete sabe dónde está su compañero o, al menos, que en determinadas zonas siempre va a haber alguien disponible.
Esta manera de defender que intentó el Bayern no fue la primera vez que apareció frente al PSG esta temporada. El Atalanta por Champions y Metz por liga intentaron sostener ese marcaje individual con resultados similares.
Ante el Liverpool, el conjunto parisino mantuvo la pelota durante cinco minutos y 88 pases consecutivos. No fue un equipo administrando ventaja ni esperando algo: fue un equipo asfixiando al rival hasta encontrar el momento exacto. Terminó en el 2 a 0 que sentenció la serie.
Bayern de Kompany: la misma búsqueda, otro sello
Las diferencias entre ambos equipos son mínimas. Los dos parten de la misma premisa: cuando el equipo tiene la pelota tiene que haber amplitud y profundidad de manera simultánea. Y acá aparece uno de los rasgos más interesantes de esta manera de jugar: esa amplitud no la otorgan necesariamente los jugadores más desequilibrantes. Por el intercambio de posiciones constante, puede ser un lateral quien haga ancho al equipo en determinado momento, o un jugador como Musiala o Gnabry que en el papel no es extremo pero termina ocupando esa zona.
Sus laterales ofrecen una variedad de movimientos en ataque que complica mucho a las defensas replegadas. Pueden aparecer dentro del área rival por sorpresa, ya sea para finalizar o habilitar a un compañero, o pueden centralizarse para ser ese pase extra en la elaboración, como hace habitualmente Hakimi en el PSG.
En el PSG, Vitinha es quien maneja los hilos del equipo: el que más marca los tiempos, el que más condiciona el juego de los demás incluso cuando no toca la pelota. En el Bayern eso se distribuye de otra manera: jugadores como Olise o Gnabry, que en el papel son delanteros, pueden aparecer como ejes de la organización, iniciando ataques desde el fondo y progresando mediante paredes como si fueran mediocampistas. Eso amplía aún más el abanico de situaciones que tiene que leer el rival.
El ejemplo más claro de esto se vio en el cruce de Champions frente al Atalanta, donde el marcador global fue 10 a 2. El equipo de Bérgamo sostuvo su marca hombre a hombre por todo el campo, la misma estrategia que intentó ayer el Bayern frente al PSG, y el resultado fue demoledor: las permutas desarmaron tanto al rival que Gnabry inició una jugada desde una posición de líbero y terminó apareciendo por sorpresa para convertir el 3-0 parcial. Un gol que resume mejor que cualquier explicación lo que representan los intercambios de posición.
Al tener más libertad y no depender de una posición fija, todos pueden ser más creativos y aportar algo más en lo colectivo. Spalletti lo explicó hace algunos años con una claridad que vale la pena retomar:
“El número 10 no desapareció: está dentro de todos los jugadores.”
El Bayern también puede volcar su juego a las bandas y sacar ventaja con el desequilibrio individual de Olise y Luis Díaz, dos especialistas en el mano a mano. Pero uno de los cambios más llamativos en este equipo es el nuevo rol de Harry Kane: lejos de su función histórica como centrodelantero referencia, Kane hoy pivotea, se pone de frente al arco rival y juega en corto o en largo según lo que pide la jugada, funcionando más como un mediapunta que como un 9 clásico.
Todo lo que describimos hasta acá tiene una consecuencia que se ve mejor con imágenes que con palabras. Cuando este equipo decide no perder la pelota, no la pierde. Tres minutos frente al Real Madrid, tres minutos frente al Leverkusen, metiéndolos debajo del arco sin que pudieran respirar. No convirtieron en ninguna de las dos jugadas. Y ahí aparece la única variable que este estilo de juego no puede controlar: que el fútbol nunca garantiza nada, ni siquiera cuando haces todo bien. Y en eso reside buena parte de su encanto: ningún sistema, ninguna idea de juego por más elaborada que sea, puede eliminar del todo el azar. Eso es lo que lo hace diferente a cualquier otro deporte.
El cruyffismo nunca se fue
Me gustaría mencionar algunos equipos que marcaron el camino para que hoy se vea reflejada esta evolución de la que venimos hablando. La Holanda de Rinus Michels y su fútbol total fue un equipo disruptivo para su época. No solamente por su férrea presión tras la pérdida o su contundente achique de espacios, sino por la polifuncionalidad que mostró partido tras partido. Sus jugadores rotaban de manera permanente convirtiéndose en un dolor de cabeza para las defensas rivales, que no sabían a quién marcar ni qué zona cubrir.
Johan Cruyff, su figura indiscutida, continuaría años más tarde ese legado ya como entrenador en Barcelona. Lo que Michels sembró, Cruyff lo hizo propio y lo llevó a otro nivel con un Dream Team que se consagraría en Europa. La misma intención de juego, otro contexto, otro tiempo.
Fabregas, como mencionamos al principio, es uno de los herederos de esa manera de entender el fútbol. Hoy como entrenador del Como en la Serie A lo lleva a la práctica, y en una de sus declaraciones más recientes planteó algo que excede a su propio equipo:
“El futbolista hoy aprende desde muy chico la táctica. Porque todos los entrenadores te dicen: vos sos lateral, vos sos mediocampista, vos sos delantero, vos sos extremo, y ellos te marcan las jugadas. ¿Qué significa esto? Que cuando te acostumbrás a que el entrenador te diga todo lo que tenés que hacer, no hay espacio para la creatividad, para la imaginación, para encontrar tiempo y espacio por vos mismo.”
El Nápoli que salió campeón del Scudetto en 2022-2023 bajo las órdenes de Spalletti fue otro equipo que encarnó esta búsqueda. Un equipo con jugadores que se movían con total libertad por el campo, donde las posiciones de inicio eran apenas un punto de referencia y no una obligación.
Tim Walter es quizás el nombre menos conocido de esta lista. Entrenador alemán que se destacó en el Hamburgo, donde estuvo cerca del ascenso a primera división, y actualmente dirige al Holstein Kiel en segunda de Alemania. Tuvo también un breve paso por el Hull City en segunda de Inglaterra. Así describía su manera de jugar cuando fue presentado en Inglaterra:
“Tenemos una elaboración fluida desde atrás, donde nadie se queda quieto. Siempre es jugar y moverse, porque si te quedás parado estás muerto.”
Y en esa pretemporada, Lewie Coyle, jugador del plantel, lo describió desde adentro:
“Es una forma de jugar muy diferente y te encontrás en zonas del campo en las que probablemente nunca habías estado antes. Pero es una forma muy divertida de jugar.”
La Selección Argentina de Scaloni desde hace años volvió a las raíces de La Nuestra, aquel seleccionado comandado por Menotti. Un equipo repleto de jugadores de buen pie que disfrutan asociarse en corto y manejar los tiempos del partido, sin depender de extremos velocistas como principal recurso ofensivo. Scaloni no los limitó a un sistema, los dejó ser lo que son.
El Racing de Santander de José Alberto López y el Corinthians de Fernando Diniz son quizás los equipos que más lejos llevaron la idea de jugar cerca de la pelota y mediante asociaciones cortas permanentes. En los últimos años el término “relacionismo” empezó a usarse para describirlos, diferenciándolos del juego de posición más clásico. La idea es que no buscan obligatoriamente la amplitud en ambas bandas sino que se mantienen cercanos a la pelota mediante asociaciones que van surgiendo de manera espontánea. Son matices dentro de una misma búsqueda.
Lo que une a todos estos equipos, desde la Holanda del 74 hasta el PSG de hoy, no es un sistema ni una metodología específica. Es una manera de comprender al jugador de fútbol: no como una pieza fija en un esquema sino como un intérprete capaz de leer el partido y resolverlo. Equipos más impredecibles para el rival, más estimulantes para quien los juega, más entretenidos para quien los mira. Y eso no es una moda ni una tendencia pasajera. Es simplemente el fútbol en su versión más honesta.










